col labrador

 

Jn 8,1-11

Seguramente todos tuvieron que agacharse para comenzar a recoger las piedras del suelo, preparándose para ejercer el castigo al que la Ley les alentaba: “si un hombre comete adulterio con la mujer de su prójimo, se castigará con la muerte a los dos” (Lv 20,10). Seguramente, mientras cada uno se inclinaba a coger el arma arrojadiza, pensaría que, de ese modo, colaboraba en hacer desaparecer el mal en medio de su pueblo: “si se sorprende a un hombre acostado con una mujer casada, morirán los dos, tanto la mujer como el que se acostó con ella. Así extirparás el mal de Israel” (Dt 22,22).

Quizás alguno de ellos pensó, por un instante, que había sido un poco extraña la petición que los maestros de la ley y los fariseos habían hecho a Jesús: ¿por qué solo habían llevado hasta allí a la mujer? ¿qué había pasado con el hombre encontrado en la misma situación? ¿Y por qué esa premura? Quizás alguno, también, había percibido que la tesitura en la que ponían a Jesús iba cargada de cierta malicia y que había otros intereses ocultos en este asunto que le estaban planteando.

No obstante, ahí seguían, agachándose, buscando las mejores, ni excesivamente pequeñas, ni tan grandes que no se pudieran lanzar con una sola mano. Ahí seguían, mirando de reojo a Jesús, que permanecía sentado y en silencio, en el lugar del Templo desde el que, hacía un momento, estaba dirigiéndose a la gente.

De pronto, Jesús también se agachó y se puso a escribir con el dedo en el suelo. Así permaneció durante un tiempo que se hizo eterno, mientras los entendidos de la ley seguían presionándolo con aquella cuestión. A la altura a la que había bajado, Él parecía estar cómodo. Desde ahí solo podía ver el suelo, quizás los pies y algo de las piernas de todos los que estaban a su alrededor… en su campo visual quizás también podía hallarse la mujer a la que habían colocado en el medio, aunque Él solo parecía seguir el trazo que su propio dedo marcaba en la arena.

Ese modo de estar en el mundo, abajado, inclinado, se repetía en Jesús en muchos momentos. Se inclinó para hablar con el hombre paralítico que yacía cerca de la piscina de Betesda antes de curarle (cf. Jn 5,5-9) o cuando se acercó al lecho de la suegra de Pedro (cf. Mc 1,30-31) o al de la hija del jefe de la sinagoga (cf. 5,40-42). Jesús se inclinaba continuamente para acoger a los niños que corrían hacia Él, a quienes imponía las manos y con quienes oraba (cf. 10,13-16) y se inclinaba o arrodillaba muchas veces, para recogerse en oración junto a su Padre (cf. 1,35; 14,35)… ¡Qué modo tan diferente de agacharse el de Jesús y el de quienes le rodeaban en ese momento! ¡Qué perspectivas tan diferentes de mirar lo humilde, bajo y pobre del mundo!

Por fin Jesús se incorporó −solo un instante− para decir: “Aquel de vosotros que no tenga pecado, puede tirarle la primera piedra”. Y, de nuevo, se agachó y siguió escribiendo sobre la tierra…

Todos los que estaban presentes se miraban las manos, pensativos. En cada piedra veían el peso de algún error propio cometido. Era difícil no haber incumplido alguno de los 613 preceptos de la Torá. Cada uno iba recordando las últimas situaciones vividas: “esa conversación con mi amigo en la que murmuré contra el vecino”, “aquella mentira que dije para conseguir lo que buscaba”, “cuando no atendí a quien me pidió ayuda por propia comodidad”, “ese modo horrible en el que hablé a tal persona esta mañana”…

Al levantar los ojos de las propias piedras, se fueron dando cuenta de que muchos habían ido tirándolas al suelo y marchándose de allí. ¡Nadie había tirado la primera! Y así, empezando desde el mayor hasta el más joven, todos se fueron yendo.

Cuando ya estaban solos la mujer y Él, Jesús volvió a incorporarse y, como si no hubiera sido consciente de nada, le preguntó a la mujer: “¿dónde están? ¿ninguno de ellos se ha atrevido a condenarte?”.

Era la primera vez, en todo ese tiempo que había transcurrido, que alguien le había preguntado algo. La habían arrastrado hasta allí, pero no le habían dado la posibilidad de explicar nada, de defenderse, de contar su versión… ¡ninguno le había escuchado y, mucho menos, dado la palabra!

“Ninguno lo ha hecho”, dijo la mujer. Y al pronunciarse, pudo expresarle su reconocimiento. Le llamó “Señor”, no solo “Maestro”, como habían hecho los jefes de la ley.

“Tampoco yo te condeno. Puedes irte y no vuelvas a pecar”, le contestó Jesús.

La mujer se sintió profundamente liberada. No solo porque la alentaba a ponerse en camino y recomenzar, sino porque Jesús no la condenaba. No le había dicho “tus pecados son perdonados”, como había hecho con otras personas, sino “no te condeno”. En realidad, tampoco había condenado a los que, poco a poco y uno a uno, había reconocido su pecado y se habían ido yendo del lugar.

Ahí estaba la diferencia. Todos habían condenado a la mujer desde el primer momento, sin darle posibilidad al cambio, a comenzar de nuevo, a reconocer y transformar los actos realizados, las equivocaciones... Pero Jesús libera. Libera a la mujer y libera a cada uno de los presentes al ayudarles a reconocer su propia pobreza personal.

Quizás se nos hace necesario aprender a agacharnos más como Jesús y tocar nuestra propia tierra −nuestro propio humus− sintiendo Su mirada sobre ella. Una mirada que libera y no condena. Así, agachados junto a Él, podremos nosotros hacer lo mismo.

 

Inma Eibe, ccv